Creo que internet está cansado

Esta carta se envió por email el 1 de octubre de 2026.

Últimamente empiezo a notar cuándo alguien quería de verdad que algo existiera.

Hay una imagen que llevo años usando cuando hablo de comunicación: comunicamos como si arrastráramos los pies, resoplando en cada línea. Como ese adolescente que va al colegio un lunes de febrero. Llega a su hora, se sienta donde le toca y entrega lo que le piden. Técnicamente, ha ido a clase. Pero ahí dentro no hay nadie empujando.

Desde hace un año veo a ese adolescente cada vez que abro una red social.

Abro Substack, que iba a ser el sitio al que la gente venía a pensar, y me encuentro una sala de espera llena de personas explicando cómo hacer crecer tu Substack y cómo usar la IA para escribir más en menos tiempo. (Yo incluida, que conste.) Todo suena a hilo musical de ascensor, agradable y pensado para que nadie lo escuche. Sabes cómo acaba cada publicación antes de llegar a la mitad, y aun así sigues bajando con el dedo, por si acaso.

Las ganas se notan, y su ausencia también

Creo que internet está cansado. Arrastra los pies.

Y creo que es por algo bastante simple. Crear se ha vuelto tan fácil que casi nadie se para a preguntarse si lo que va a publicar tiene sentido, ni si se ha divertido haciéndolo. Se publica porque es martes. Porque el calendario editorial dice martes y la herramienta lo tiene listo antes de que se enfríe el café. El problema es que las ganas se notan, y su ausencia también. Lo que más cansa leer es lo que nadie tuvo ganas de escribir.

Hay una señal que me hace pensar que este cansancio no es solo mío. Hace un año escribí un texto que se llamaba El nuevo lujo es que no te encuentren, sobre cómo el estatus se está mudando hacia lo que cuesta encontrar. Todo este verano han seguido llegando comentarios de gente que lo descubría por primera vez. O sea, que el texto que más gente sigue encontrando es uno que defiende que no te encuentren. Me parece un síntoma. Cuando algo así circula un año después, lo que circula es un alivio: alguien ha puesto por escrito que estamos cansados, y mucha gente estaba esperando a que alguien lo hiciera.

Abrir un email cuesta un segundo. Grabar un audio, bastante más

En septiembre cumplí cuarenta y monté Archivo 40, una web que nadie necesitaba, empezando por mí, para pedirle a la gente que me conoce que me dejara un audio. Llegaron 56 de 46 personas. Algunas grabaron dos veces, como quien vuelve a llamar al timbre porque se le ha olvidado decir algo.

Lo publiqué en Substack y lo abrieron 7.098 personas. Abrir un email cuesta un segundo y se puede hacer en la cola del súper. Grabarle un audio a alguien cuesta bastante más: buscar un rato, encontrar un sitio sin ruido, pensar qué quieres decir y atreverte a decirlo con tu voz. Eso lo hicieron 46 personas. La IA ha abaratado muchísimo la primera cosa. La segunda cuesta hoy lo mismo que hace veinte años.

Al día siguiente me escribió una lectora con este asunto: «has creado una mina de oro». Me proponía convertirlo en una app o en un juego en caja. Le contesté que tenía gracia recibir eso justo después de publicar un texto que defendía no venderlo todo.

Pero me interesa mucho ese reflejo, porque yo también lo tengo. Cuando algo funciona, lo primero que se nos ocurre es convertirlo en sistema: repetirlo, escalarlo, encontrar la manera de hacerlo otra vez el mes que viene. Y quizá ahí empieza a desaparecer justo lo que nos llamó la atención. (Puede que esté llevando esto demasiado lejos. O puede que no.)

Terminar algo ha dejado de ser una señal

Hasta hace muy poco, producir algo costaba lo suficiente como para que las ganas vinieran incorporadas de serie. No siempre, claro. Pero escribir un artículo, diseñar una web o montar un vídeo pedía horas, y poca gente se pasaba un fin de semana entero haciendo algo que le daba igual. Terminar algo ya era una señal. Ahora podemos separar las dos cosas. Podemos producir sin tener ganas de producir, y estamos produciendo muchísimo. Creo que eso es lo que noto cada vez que entro en internet: montañas de cosas terminadas que nadie tenía especial interés en que existieran.

Cuando producir cuesta casi nada, las ganas empiezan a ser una señal de valor.

Se dice mucho que lo humano se reconocerá por la errata, por la foto un poco peor, por la frase menos redonda. Me temo que las máquinas aprenderán a fabricar todo eso en un par de actualizaciones. Lo que me parece bastante más difícil de simular es que alguien tuviera una razón para hacer lo que hizo. Que quisiera enseñarte algo, o averiguarlo, o hacerte reír, o construirlo aunque nadie se lo hubiera pedido. Que hubiera alguien empujando desde dentro.

Voy a tirar de este hilo durante un tiempo.

La semana que viene me voy a París a ver a Céline Dion, que forma parte de mi vida desde que era adolescente. Tengo cuarenta años recién cumplidos y voy a escuchar canciones que hay gente que lleva treinta años pagando por escuchar. No tengo ni idea de qué te escribiré desde allí. Últimamente eso me parece una ventaja.

Mientras tanto, te dejo una pregunta, y me encantaría que me contestaras: ¿cuándo fue la última vez que algo en internet te hizo levantar la vista de la pantalla?

Maïder

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *